Texto escrito por Carmen Trujillo Teruel, Conservadora en Batea Restauraciones
Todo empezó a comienzos del siglo XVI. Se encargó a dos grandes artistas de la época: el pintor León Picardo y el escultor Felipe Vigarny. Pero ambos murieron antes de que el retablo se terminara y se colocara en su sitio. Las piezas quedaron hechas… pero sin montar. Pasaron años, y el retablo quedó incompleto durante mucho tiempo. Más adelante, otros escultores, Rodrigo de la Haya y Martín de la Haya, retomaron el proyecto y montaron un nuevo retablo aprovechando parte de lo que ya estaba hecho. Pero tampoco esa versión es exactamente la que vemos hoy.
Con el paso de los siglos, el retablo se volvió a desmontar, se modificó y se añadieron nuevas partes, sobre todo en el siglo XVIII. Es decir, el retablo que contemplamos es como un “puzle histórico”: una mezcla de diferentes épocas, artistas y estilos. Cada generación fue dejando su huella, adaptándolo a sus gustos y necesidades.
Por eso no es solo una obra de arte: es un testigo vivo de casi 500 años de historia, cambios, problemas, soluciones y devoción.
Estado de conservación
En general, el retablo se encontraba estable y no corría peligro inmediato, pero sí presentaba varios problemas que era importante solucionar.
La madera, en algunas zonas, estaba debilitada y atacada por insectos que se alimentan de ella. Además, la parte baja del retablo —el bancal, los laterales y la mesa del altar— había sufrido los efectos de la humedad que sube desde el suelo. Esa humedad había provocado que en algunas zonas se perdiera parte de la pintura original.
La policromía (los colores y dorados que decoran el retablo) estaba oscurecida por el paso del tiempo. Una capa de suciedad y barniz envejecido hacía que los colores se vieran más apagados de lo que realmente eran. También se detectaron repintes hechos en épocas posteriores: zonas pintadas de azul en la parte inferior que no formaban parte del diseño original.
La piedra del bancal era el elemento más deteriorado. Presentaba desgaste y descomposición en su superficie, y algunos bloques se habían movido con el tiempo. Por su parte, la mesa del altar estaba inestable: algunas piezas estaban desajustadas y la pintura también se estaba levantando de forma preocupante.
En resumen, el retablo no estaba en ruina, pero sí mostraba claramente las huellas del tiempo, la humedad y pequeñas intervenciones anteriores. La restauración era necesaria para frenar esos daños y devolverle estabilidad y belleza que se había visto opacada.
Objetivos y tratamientos realizados
El objetivo principal de la restauración fue devolverle la estabilidad al retablo para que pueda conservarse durante muchos años más, pero siempre interviniendo lo mínimo posible. No se trataba de rehacerlo ni de dejarlo como nuevo, sino de reforzar únicamente las partes necesarias. Los retoques de color fueron muy discretos, solo en aquellas zonas donde las pérdidas de pintura llamaban demasiado la atención y rompían la armonía del conjunto.
Es importante saber que gran parte de la decoración que vemos hoy pertenece a reformas realizadas a finales del siglo XVIII o comienzos del XIX. Esas modificaciones ya forman parte de su historia y por eso se respetaron, incluido el repintado y las estructuras añadidas en esa época.
Una vez instalados los medios auxiliares necesarios para facilitar la accesibilidad al retablo, se desmontaron las esculturas para tratarlas adecuadamente y poder limpiar también las hornacinas donde se ubican. Se eliminó el polvo acumulado durante años y se limpió tanto la parte visible como la trasera del retablo. En las zonas donde la pintura se estaba levantando, se fijó cuidadosamente para evitar que se siguiera perdiendo. También se aplicaron tratamientos contra insectos que dañan la madera y se reforzaron las partes debilitadas. La piedra de la base, que estaba bastante deteriorada, se consolidó y se sellaron las grietas.
Se retiraron elementos que no formaban parte original del retablo, como cables e instalaciones eléctricas añadidas con el tiempo. Después se llevó a cabo una limpieza muy controlada de la policromía, realizando pruebas previas para asegurarse de que los productos utilizados no dañaban la obra. Se eliminaron repintes posteriores que alteraban el aspecto original y restos de cera acumulados por las velas. En las zonas donde faltaban piezas de madera necesarias para sostener la estructura se repusieron, especialmente en la mesa del altar, que era la parte más dañada. Finalmente, se aplicó un barniz protector reversible, es decir, que podrá retirarse en el futuro si fuera necesario.
Una vez terminado todo el proceso, las esculturas se volvieron a colocar siguiendo el sistema original de montaje. También se restauró la cortina del sagrario (o conopeo) por técnicos especializados en restauración textil.
En definitiva, la restauración no solo ha devuelto estabilidad y belleza al retablo, sino que ha permitido comprender mejor su historia y garantizar que pueda seguir formando parte de la vida del pueblo durante generaciones.
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